CHARLIE HEBDO Y LA PAZ DORMIDA EN LA
ONU.
Vivir
en Nueva York no debe ser fácil, en absoluto, quien tenga la tentación de
abrirse camino en la vida instalándose en esta ciudad debe tener en cuenta
varias cosas. La primera, es la ciudad más poblada de Estados Unidos, si
sumamos turistas y nativos igual hablamos de diez millones de personas vagando
con sentido o sin él por las calles de la ciudad, y eso es un ligero
inconveniente para deambular sin peligro de impacto con el resto de humanidad
que va buscando el espacio al hueco como dirían en fútbol. En segundo lugar, la
vivienda, hay que tener amplitud en casa para albergar y alimentar al cerdo-hucha
cosechando cada mes alrededor de dos mil ochocientos dólares de media para
pagarle al casero. En tercer lugar, la alimentación, y aquí hacemos un giro en
la exposición y decimos que es barata, cualquier supermercado puede servir para
captar una mínima cantidad de queso y pan que nos permita un sándwich
económico, porque hablar de restaurantes desborda el presupuesto. Son muchos
los factores a tener en cuenta a la hora de instalarse en Nueva York, pero nos
vamos a quedar con uno en especial que a mi personalmente me encanta, la sede
principal de Naciones Unidas.
Si
una cosa mira la sociedad americana con lupa, con una obsesión compulsiva, y no
es para menos, es la seguridad. Que en la ciudad de los rascacielos brille uno
con forma de tableta de chocolate horizontal y recubierto de vidrio puede ser
algo habitual, pero que se engalane con banderas dando un colorido especial al
entorno, amigo, eso es algo grande. Esa es la grandeza del edificio y de la
institución, las banderas, el símbolo que indica que detrás hay millones de
personas, dato altamente trascendente, sin embargo y por desgracia en
la actualidad, lo que circula en su interior parece que se
enmarca y se define como una costosa inutilidad.
La
matanza de Charlie Hebdo a algunos les ha llevado a generalizar, a otros a
concretar, y a quien redacta a elevarlo a causa mundial, y que mejor sitio para
tratar causas mundiales que en la sede de Naciones Unidas, y ya hay que ser
ingenuo para pensar de esta manera con la que cae. Son muchas las recetas
contra el terrorismo yihadista, desde el lanzamiento de misiles Tomahawk hacia
zonas desérticas que terminan con un caserío destrozado y dos furgonetas para
la chatarra, hasta la venta de armas a los chicos más rebeldes de la zona para
que en el futuro den media vuelta y apunten hacia el lugar equivocado según
nuestros deseos y órdenes. No está clara cual es la estrategia a seguir, porque
poner tropas en el terreno tampoco parece que haya tenido mucho recorrido, a
salvo del alto coste en vidas.
La
vuelta a la sede de Naciones Unidas como lugar de reflexión, diálogo y
toma decisiones no es tenida en consideración por quienes suman intereses
espurios en este mundo revuelto, armas, petróleo, poder, factores todos ellos
que convierten la sede de Naciones Unidas en un mamotreto de hormigón y cristal
inerte. Allí, en Nueva York está la clave, un cofre que esconde la solución a
largo plazo. Siempre lo ha estado, desde las decisiones para la invasión de
Irak, pasando por el ver y callar ante las actitudes de Corea del Norte, y
ahora debería, y esta vez de verdad, tomar protagonismo. Naciones Unidas
alberga a los representantes de los millones de personas que se esconden
tras el ondeo de banderas del exterior, entre ellos países árabes, musulmanes,
que son los únicos que pueden interceder para introducir cordura y cambio de
rumbo. Occidente pude seguir defendiéndose, puede seguir luchando, pero jamás
va a cambiar las actitudes que llevan a asesinatos a sangre fría mediando
excusas religiosas, esa es, única y exclusivamente una labor de diálogo con los
países musulmanes que más pueden influir, una estrategia a largo que debe
comenzar ahí, en Naciones Unidas, en ese edificio brillante por fuera y sombrío
por dentro donde se encuentra dormida la convivencia y la paz mundial, y es
allí donde con voluntad y coraje se podrán evitar futuros asesinatos como los
de Charlie Hebdo, D.E.P.
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